El coro de los ángeles propiamente dicho está integrado por los ángeles custodios. Estos poseen poderes sobrenaturales propios de su naturaleza angélica, pero desconocen el futuro y no pueden leer nuestro pensamiento.
Conocimiento proveniente de la Ciencia Sagrada de la Angelologia:
Los ángeles de la guarda son muy simples, con caras muy dulces, mucha luz alrededor de la cabeza; también les sale luz a la altura del corazón.
Hay de tres tipos:
1) Ángeles custodios de personas o de la Guarda. El bautismo une al niño al ángel. Se dedican a una persona desde que esta nace. Aunque los humanos, según la religión cristiana, gocen de libre albedrío, su ángel custodio cumple la función de cuidarlos de las tentaciones, acompañarlos en su vida cotidiana, guiarlos en inspiraciones divinas y consolarlos de sus pesares.
Si bien su naturaleza angélica, espiritual, les proporciona poderes sobrenaturales, los ángeles custodios desconocen el futuro y carecen de la capacidad de leer en nuestro pensamiento. En las Sagradas Escrituras, Cristo manifestó a los hombres que “Tengan cuidado de despreciar a alguno de estos pequeños, pues les digo que sus ángeles en el Cielo contemplan sin cesar la cara de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 18, 10).
2) Ángeles de los lugares y de las creaciones humanas: protegen generalmente a las cosas hechas por los hombres.
3) Ángeles de la guarda de los animales: Son el duplicado etéreo del animal, pero con alas. No fueron creados con los nueve Coros; sin embargo, son ángeles que colaboran con la purificación y elevación espiritual de la persona. No pueden alterar el libre albedrío de la gente. Toda persona puede tener, además de su ángel de la Guarda, un ángel custodio de su casa; para ello se debe pedir a alguien que tiene el poder de convocar a un ángel para que venga.
La noción de “ángel de la guarda” y de su jerarquía fue desarrollada extensamente durante el siglo V aC. por Pseudo Dionisio Aeropagita.
Los ángeles de la guarda son los más pequeños de la jerarquía angelical. Nos acompañan desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Elijamos la “salvación” o la “perdición”; estos angelitos asumen la tarea de atestiguar ante Dios por nuestros actos terrenales, cuando llegue la hora del Juicio.
La fiesta litúrgica de los Ángeles se celebra cada 2 de octubre. La Iglesia cristiana conmemora su bondadosa labor desde el siglo XVII, cuando fue instituida como ceremonia por el Papa Clemente X.
Algunas alusiones bíblicas a estos seres angélicos las encontramos en el Éxodo 23. Allí, Dios afirma: “Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado. Respétalo y escucha su voz. No te rebeles contra él, porque no les perdonará las transgresiones, ya que mi Nombre está en él. Si tú escuchas realmente su voz y haces todo lo que yo te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios. Entonces mi ángel irá delante de ti”.
También San Basilio alude a los ángeles de la guarda de la siguiente manera: “Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida” (en San Basilio, Adv. Eunomium, III,
1). La creencia ortodoxa contemporánea sostiene que los ángeles de la guarda protegen el cuerpo y elevan rezos a Dios, a la manera de intermediarios.
Los cristianos creen que los ángeles de la guarda protegen a cualquier persona o vivienda a pedido del propio Dios; sin embargo, la creencia de que Dios envía un espíritu para observar a cada individuo era común en la filosofía griega clásica; Platón se refiere a ella en el Fedón, 108. De manera similar, esta mención aparece en el Antiguo Testamento, aunque no se delinea con especificidad.
Existen testimonios de santos que afirman haber visto y conocido a su ángel de la guardia; es famosa la confesión de Santa Francisca Romana. A lo largo de la Biblia encontramos que cada alma tiene su propio ángel tutelar. Así, Abraham, al enviar a su administrador a buscar una esposa para Isaac, le dice: “Él enviará su ángel delante de ti” (Génesis 24:7). Las palabras del Salmo 19, que el demonio citó frente a Nuestro Señor (Mateo 4:6), son bien conocidas, y Judith, por su parte, relató su heroica hazaña diciendo: “Como el Señor vive, su ángel ha sido mi guardián” (xiii, 20).
Estos pasajes y otros como estos (Génesis 16:6-32; Oseas 12:4; 1 Reyes 19:5; Hechos 12:7; Salmos 33:8), aunque no demuestran explícitamente la doctrina que afirma que cada persona tiene su ángel guardián, reciben su complemento en las palabras de nuestro Salvador: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños, porque yo os digo que sus ángeles ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mateo, 18:10).
Estas palabras ilustran lo remarcado por San Agustín: “Lo que reside escondido en el Antiguo Testamento, se manifiesta en el Nuevo”. Efectivamente, el libro de Tobías recalca esta doctrina más que ningún otro, y San Jerónimo comenta las palabras de Nuestro Señor citadas anteriormente al decir que “la dignidad de cada alma es tan grande, que cada una recibe un ángel guardián desde su nacimiento”.






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